sábado, 29 de enero de 2011

Viva el futuro de la televisión argentina!!!

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1343773

Es muy extraño que uno concuerde con asuntos explayados en un editorial de La Nación, pero alguna vez tenía que pasar. El artículo citado dice que depende de nosotros mejorar la calidad de la televisión "siendo más responsables a la hora de pulsar el control remoto", y hemos de darle la razón. Constatamos que la excepción confirma la regla, y el editorial mencionado merece ser analizado y comentado.

Para comenzar, deberíamos recordar la famosa frase de Groucho Marx que decía que la televisión le resultaba particularmente educativa, ya que cada vez que alguien la encendía se iba a otra habitación a leer un libro. Esto se ha vuelto particularmente verdad para la televisión argentina de las últimas dos décadas, que está por llegar a la cúspide de la tinellización, donde todos los canales de aire privados están al máximo ocupados con programas de chimentos "chabacanos" y autorreferenciales. Se repiten a toda hora peleas, celos e internas con un "espíritu prostibulario" que no deberían interesar a nadie, a tal grado que incluso una persona que se jacta de jamás haber visto siquiera un minuto de Tinelli sepa quiénes son y qué hacen los integrantes de su programa. La televisión privada por aire se ha transformado en un gran circo, de cuyas novedades nos informan incluso los noticieros. Su único mérito, si es que se pueda considerar como tal, es que ahora todos podemos decir barbaridades y malas palabras en público, y las madres y los padres ya no se pueden preocupar por cuidar las boquitas y el vocabulario de sus pequeños.

Otra crítica muy certera se hace a los noticieros por su "sobredimensionamiento de las noticias policiales". Está probado que la creciente sensación de inseguridad se debe a una mayor cobertura periodística de los hechos violentos y no a que tengamos ahora un mayor número de actos delictivos que en el pasado, según prueban las estadísticas. Lo mismo pasó en los EE.UU. en los años noventa. A veces uno tiene la impresión que la función de los noticieros ya no consiste en informar, sino en meter miedo.

Hemos ignorado hasta ahora la única alusión explícita a un programa televisivo que se hace en este editorial, y que ocupa un lugar central, tanto en la argumentación como en la disposición textual. Exactamente a mitad del editorial hay una pregunta retórica que constituye un párrafo por sí solo, y el efecto deseado consiste en condensar en el programa referido todos los atributos negativos enumerados. El programa 6, 7, 8 es el enemigo explícito de este editorial. Poco sentido tendría, entonces, explicar en el mismo texto que este programa critica justamente los mismos atributos de la televisión argentina que se acaban de mencionar, que tematiza y se burla de la consistente tinellización de la TV, que critica la cobertura sesgada de los noticieros y programas políticos, que hurga en los archivos –y esto parece ser el punto que tanto molesta a La Nación y motiva su rechazo a este programa– para ver qué dijo quién en el pasado y si las acciones de ciertos personajes públicos están en concordancia con los objetivos que dicen perseguir. Y allí La Nación es uno de los medios que más sufre. No llama la atención, ya que han apoyado todos los golpes de estado del siglo XX, siempre en una supuesta defensa de la democracia, por más paradójico que parezca. Han sido partícipes necesarios y voluntarios del último genocidio, y de todos los anteriores también –y esto es una figura legal por la que todo individuo puede ser enjuiciado, mientras que los medios poderosos pretenden la total inmunidad bajo el pretexto de la libertad de expresión–.

El editorial acusa al citado programa de denostar a los "que no reciten mansamente el catecismo K". Si entendemos como "catecismo K" la heterogénea expresión social y discursiva donde predominan, entre otras cosas, el respeto a la diversidad sexual y cultural, la voluntad de construir una integración regional y una inserción multilateral en el mundo, la construcción de una economía diversificada con una industria, servicios y el agro pujantes, la reducción de la pobreza, la justicia independiente (y finalmente habilitada para investigar los crímenes de la dictatura), la inversión en infraestructura y sobre todo en educación, la creación de puestos de trabajo en blanco y la generalización de las ayudas sociales y la jubilación, debemos darle nuevamente la razón. Todos los que se oponen a los logros indiscutibles de muchos sectores de la sociedad argentina –para no adjudicarlos al gobierno, que no deja de ser más que la punta visible de una revolución que viene de abajo y de hace mucho tiempo– son "difamados" por este programa ultra C(ristinista).

La argumentación de este artículo establece una base de elementos indiscutidamente criticables y la pone en una relación directa y unívoca con un programa televisivo particular; parece una declaración de guerra. Retóricamente es un procedimiento muy inteligente y en total coherencia con las posturas políticas que ha tomado este diario desde el principio de su existencia. Consiste en buscarse un enemigo concreto, ya sean los gauchos, los indios, los anarquistas, los sindicalistas, los peronistas, los marxistas o los piqueteros, y cargar sobre él la responsabilidad de los problemas de nuestra sociedad. A diferencia de los casos anteriores, esta vez su enemigo es un mediador social que también opera sobre el discurso. Le recomiendo cautela al diario La Nación, ya que ha dejado muchos flancos vulnerables en su larga historia como uno de los enemigos más peligrosos de la democracia argentina.

Un punto en el cual debo expresar mi total disgusto con este editorial es el hecho de que ignora, e incluso niega deliberadamente, los efectos que tendrá la nueva ley de medios audiovisuales sobre el futuro de la televisión argentina. Con la creación de nuevos canales se allana el camino a una mayor diversidad de la TV argentina y se puede comenzar a revertir el proceso de tinellización, que fue, en parte, producto de la mayor concentración en el mercado televisivo. Ya aparecen nuevos canales de cable de altísima calidad, con contenidos para niños algunos, enteramente dedicados a la cultura o el cine nacional otros, y siempre con un predominio de producción propiamente argentina. Es solo una cuestión de tiempo que estos nuevos elementos de calidad repercutan también en la televisión de aire.

El autor del editorial no advierte que todos los argumentos que expuso para denostar justificadamente a la televisión argentina lo deberían llevar a apoyar de una vez por todas a la nueva ley de medios. Como no podemos poner en duda sus capacidades intelectuales podemos sospechar de sufre de una meditada mediocridad ideológica. Se opone a cualquier cambio que resultaría en una comunicación más democrática, ya que lo obligaría a ceder una porción del poder que ha sabido acumular a lo largo de su historia, y no siempre –recordémoslo– con métodos legítimos.

domingo, 23 de enero de 2011

Cristina prepararía un golpe de estado contra su propio gobierno

http://www.perfil.com/contenidos/2011/01/15/noticia_0042.html

Según Nelson Castro, la presidenta se enfrentaría a un seguro fracaso en caso de buscar la reelección. Utiliza el término "intentona", que nos recuerda intentos de golpe de estado fracasados, como recientemente en Ecuador, y expresa una convicción acerca de la situación actual del poder en la política argentina que resulta de una interpretación particular de los hechos políticos.

Así como hablamos de interpretación, podríamos hablar de ideología, ya que se trata de un conjunto de ideas acerca de la realidad y los hechos que observa. Para Castro, el espacio político es una "arena" donde todo es lucha por el poder y el único motor de las acciones son "la ambición personal" y "los negocios". Está claro que esta definición deja afuera muchas otras posibilidades que consideraríamos más alabables para la política, por ejemplo, la intención de mejorar la educación pública y la infraestructura nacional o de construir un modelo de país que permita la construcción de instituciones más democráticas y una industria desarrollada con más valor agregado y, en consecuencia, más trabajo. Estas posibilidades quedan a priori excluidas en el pensamiento de Castro; es el reflejo de una ideología antipolítica muy propiciada internacionalmente por el liberalismo, cuya motivación suele ser económica, y que en la Argentina ha encontrado un motor particular con el hartazgo de la población ante políticos faranduleros y mentirosos que nunca siquiera han intentado cumplir con sus promesas. Sabemos que en esta idoelogía, todo político es por definición un corrupto y un hijo de otra cosa.

Después de marcar la cancha ideológica sólo resta narrar hechos particulares que ejemplifican, ilustran y enmarcan esta estructura. Hay allí una interna de Aníbal Fernández con otros sectores del gobierno y todas las acciones de la presidenta pasan por el solo hecho de recortarle poder y asignárselo a otros. Este cuento es tan viejo como el propio kirchnerismo, y quizá, tan viejo como el periodismo desestabilizador mismo –habría que hurgar en la cobertura de los medios en las previas a los seis golpes de estado que sufrió la Argentina en el siglo XX. Por un lado estaría Aníbal Fernández, por el otro Garré, Tomada y el nuevo secretario de comunicaciones, Abal Medina hijo. Para lograr el efecto desestabilizador de la narración, es muy importante posicionar al jefe de gabinete en absoluta soledad y en un enfrentamiento con otros integrantes del gobierno, ya que se trata de uno de los personajes con más poder.

El otro frente es externo, más abstracto y conceptual: se trataría de "abrirse a escuchar otras voces", y no explicita a quién concretamente llama "otras voces". ¿Qué sectores de la población, los políticos de qué partido? ¿representantes barriales, piqueteros, activistas de género y de la diversidad sexual, representantes de las poblaciones indígenas, campesinos, sindicalistas? Muchos de ellos se han ido sumando en los últimos años al diálogo con el gobierno y han conseguido importantes reivindicaciones, aunque todavía falte avanzar mucho. Con lo cual, queda claro que Castro parece referirse a otra cosa cuando habla de "otras voces": las voces de siempre, los grandes medios y la oposición, el radicalismo y el peronismo federal, personificado en los (ex)caudillos provinciales, Duhalde, Rodriguez Saá, Puerta y, por qué no, Menem. O cualquier otro corrupto, con tal de que diga publicamente que está en contra del gobierno, aunque no sepa explicar muy bien por qué.

Otra interna que detecta –imagina, desea o rescata de sus fuentes confiables– se relaciona con el secretario de comercio, Moreno, y el ministro de agricultura, Domínguez. Por denostar al ya tan vapuleado secretario Moreno, elogia sin advertir la capacidad de diálogo del ministro Domínguez. Debería aclarar dónde ve y en qué consisten tal diálogo, "la buena aptitud" y la mejora de las relaciones con el sector que atribuye a las acciones del ministro, y luego ponerlos en relación con las expresiones heterogéneas de toda la gama de productores agropecuarios y el ridículo lockout patronal de la semana pasada.

No falta una crítica a la lamentable ineptitud de todos los sectores de la oposición: Castro no rescata uno solo, y al lector le surge la duda: ¿quién podría salir airoso en la contienda electoral de 2011? Por una cuestión de lógica, para que Cristina pierda –y su intento se pueda definir como intentona– tiene que haber un ganador, y Castro no logra ver un candidato con esas características. Parece que termina por conceder, involuntariamente, una victoria casi segura de Cristina, y su artículo se constituye en un clamor desesperado por un candidato coherente que pueda hacerle frente.

El artículo no es sólo palo en la rueda y cierra con una hoja de ruta para el gobierno: "el grave episodio" de la cocaína "de alta pureza" descubierta en España es algo que debería preocupar y ocupar a los integrantes del gobierno. No está claro si Castro lamenta que se haya exportado en vez de volcarse al mercado interno o si pide –conocedor del accionar del gobierno– una solución al estilo del trigo, donde el cupo de exportación se comience a liberar una vez abastecido el mercado interno. ¿O pretende que la presidenta interrumpa su gira por Medio Oriente para ir a tomar declaración a los responsables de algún aeropuerto argentino? Después de tantos años de periodismo y vida pública debería saber que esas funciones corresponden a otros funcionarios y ramas de los poderes judicial y ejecutivo.

¡No se entiende, Castro! Surge la sospecha que toda la reflexión final sobre "el nuevo alerta" solo sirve para nombrar en una oración la presidenta y el narcotráfico, para preparar una futura argumentación sobre la relación entre mafia y estado. Ejemplos en la historia argentina no faltarían. Basta con recordar a Duhalde, la maldita "mejor policía del mundo" y los barones narcos del conurbano.

Castro, no nos haga esperar mucho para el próximo capítulo de esta saga política, estamos a la expectativa de los próximos movimientos dentro del kirchnerismo y le deseamos, de todo corazón, que al menos una vez acierte un pronóstico y logre recuperar un ápice de su credibilidad.

jueves, 20 de enero de 2011

Elegante racismo en el siglo XXI

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1342802

El diario La Nación tiene el agrado de informarnos que una mujer ha dado a luz a un bebé. ¿Por qué esto es noticia? Por el simple hecho de que esta mujer era, en realidad, una niña de apenas 10 años. El artículo se explaya sobre el estado de salud de ambos, madre e hijo, y sobre los procedimientos del sistema de salud provincial y hace, a continuación, una referencia a la pertenencia étnica de esta mujer: una comunidad mbyá-guaraní. Hasta aquí nos ahorra especulaciones acerca de modo de vida de esta comunidad y no lo relaciona al embarazo y hasta prodríamos considerar al artículo casi libre de categorizaciones racistas.

Sin embargo, sigue y nos provee algunos datos, que se podrían considerar de información general, para aquellos que hasta la lectura del citado artículo ignoraban por completo la existencia de poblaciones mbyá-guaraní (que, dicho sea de paso, descienden de los guaraníes que se negaron a entrar a las misiones de los jesuitas y siguieron viviendo su modo de vida tradicional: hasta hace algunas décadas, cuando llegaron las explotaciones agropecuarias a su tierra). Estas poblaciones serían pobres o hasta indigentes y recibirían ayuda de los gobiernos y de la iglesia católica. Si su modo de vida tradicional siguiera intacto, no nos podríamos arrogar la soberbia de descalificarlo como pobreza, por lo tanto, podemos especular que ya no pueden llevar su forma de vivir como hicieron desde tiempos inmemoriales. Y, de hecho, el artículo nos explica cómo: "la selva virgen va desapareciendo"; toda solita; de ninguna manera hay alguien que la haga desaparecer: ni plantaciones de soja ni yerbatales, y seguro que ningún hacendado o terrateniente tampoco. Como resultado, estos pobladores ya no pueden proveerse de alimentos. Pero esto no es una desgracia, sino, al contrario, una situación sumamente romántica y deseable por toda persona con toda su sensibilidad intacta, pues ahora "deambulan vendiendo bellas artesanías". Bellísimo. También tienen otras opciones de insertarse en el mercado laboral: "practican la mendicidad" o "se transforman en prostitutas infantiles". ¡Qué belleza!

También son llamados "los primitivos dueños de estas tierras" y debo aclarar que, en primer lugar, no son primitivos, al menos no más primitivos que el autor de esta nota ni que los jornaleros de la redacción del diario La Nación, ni han dejado de ser los dueños de estas tierras: porque la constitución argentina garantiza a los pueblos originarios el derecho a habitar su tierra de la misma manera que lo han hecho siempre. Los que violan este derecho son el Estado, la justicia y los explotadores de tierras y humanos.

Las entidades sociales y religiosas no deberían intentar "evitar la lenta extinción" de estos pueblos, sino combatir el exterminio sistemático y planificado, también llamado genocidio, codo a codo con los pueblos afectados y luchar para que, de una vez por todas, el Estado haga respetar la constitución y las leyes vigentes para todas las personas, independiente de los medios materiales que pueda tener, del color de su piel y de su procedencia étnica, geográfica y cultural.

Por último, el diario La Nación nos ha dado un próspero ejemplo de cómo se puede combinar consciencia de la diversidad cultural digna del siglo XXI con el más atroz racismo y soberbia cultural y racial que ya eran extemporáneos cuando, en el siglo XIX, sirvieron para justificar la conquista del desierto, el genocidio más atroz que se perpetró en el territorio que hoy queremos llamar República Argentina.

sábado, 15 de enero de 2011

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1341765

El diario La Nación descubrió un nuevo grupo de peligrosos piKeteros

El periodismo tiene el deber inamovible de denunciar los acontecimientos que ponen en peligro la convivencia democrática, y este periódico ha dado un nuevo ejemplo de éxito en la misión que se propone. Los piqueteros forman desde siempre uno de los enemigos predilectos de la línea editorial del diario, de las personas que sufren del suficiente bienestar como para desplazarse por el país en vehículo propio y de todos que llevan un pellejo de pigmentación débil. Ninguno de los teclados inteligentes que llenan las páginas de este periódico ha podido acostumbrarse a este fenómeno de manifestación popular, cuya envergadura ha disminuido, justo es reconocerlo, en los últimos 8 años. Precisamente, desde que el Estado se abrió a los reclamos de algunos de los necesitados y los incorporó a la toma de decisiones y la puesta en práctica de las políticas sociales.

En este artículo, los protagonistas son personas o "manifestantes" que reciben, en el primer párrafo de artículo, el calificativo de "piqueteros", lo cual equivale en la terminología de este diario a enemigo público de todo el pueblo (que tiene suficiente como para desplazarse en coche propio), chirolita del gobierno y mentiroso. En el mismo surco, señala la falsedad de los dichos de los entrevistados en el lugar: Sería "absolutamente falsa" la acusación que La Nación imprimiera partes del diario Clarín en su planta y los despidos que originan la protesta son "atribuídas a Clarín" por los manifestantes, pero de ninguna manera serían hechos verídicos y comprobables, que, además, cuentan con el respaldo de un fallo judicial que obliga a la empresa a reincorporarlos y a cumplir con la libertad gremial garantizada por numerosos tratados internacionales con categoría constitucional.

A continuación, el diario explaya uno de sus lamentos preferidos: la falta de acción por parte de la fuerza pública, también llamada Policía Federal. Ignorando el hecho que ésta cuenta con la orden explícita de no intervenir contra la protesta social desde hace muchísimos años, y gracias a una serie de intervenciones de lamentable magnitud –siempre encubiertas con experimentada habilidad por este (des)comunicador (anti)social–, presenta el hecho como una novedad a destacar y reafirma, de esta manera, que lo considera statu quo reprobable.

Éste diario no deja de espantarse ante las acciones públicas de las clases subalternas y toda gente de color cobrizo, y festeja cuando las protestas provienen de clases acomodadas y patronales, como ha demostrado en el conflicto del lockout patronal del año 2008 y en estos días con el activo apoyo a la "movilización del campo": los piqueteros 4x4.

Nuevamente, el diario La Nación sabe dónde está su lugar: al lado de los patrones, bien lejos de los que hacen el trabajo, posibilitan el cultivo de la tierra, se ensucian las manos y garantizan la tan mentada soberanía alimentaria.