http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1343773
Es muy extraño que uno concuerde con asuntos explayados en un editorial de La Nación, pero alguna vez tenía que pasar. El artículo citado dice que depende de nosotros mejorar la calidad de la televisión "siendo más responsables a la hora de pulsar el control remoto", y hemos de darle la razón. Constatamos que la excepción confirma la regla, y el editorial mencionado merece ser analizado y comentado.
Para comenzar, deberíamos recordar la famosa frase de Groucho Marx que decía que la televisión le resultaba particularmente educativa, ya que cada vez que alguien la encendía se iba a otra habitación a leer un libro. Esto se ha vuelto particularmente verdad para la televisión argentina de las últimas dos décadas, que está por llegar a la cúspide de la tinellización, donde todos los canales de aire privados están al máximo ocupados con programas de chimentos "chabacanos" y autorreferenciales. Se repiten a toda hora peleas, celos e internas con un "espíritu prostibulario" que no deberían interesar a nadie, a tal grado que incluso una persona que se jacta de jamás haber visto siquiera un minuto de Tinelli sepa quiénes son y qué hacen los integrantes de su programa. La televisión privada por aire se ha transformado en un gran circo, de cuyas novedades nos informan incluso los noticieros. Su único mérito, si es que se pueda considerar como tal, es que ahora todos podemos decir barbaridades y malas palabras en público, y las madres y los padres ya no se pueden preocupar por cuidar las boquitas y el vocabulario de sus pequeños.
Otra crítica muy certera se hace a los noticieros por su "sobredimensionamiento de las noticias policiales". Está probado que la creciente sensación de inseguridad se debe a una mayor cobertura periodística de los hechos violentos y no a que tengamos ahora un mayor número de actos delictivos que en el pasado, según prueban las estadísticas. Lo mismo pasó en los EE.UU. en los años noventa. A veces uno tiene la impresión que la función de los noticieros ya no consiste en informar, sino en meter miedo.
Hemos ignorado hasta ahora la única alusión explícita a un programa televisivo que se hace en este editorial, y que ocupa un lugar central, tanto en la argumentación como en la disposición textual. Exactamente a mitad del editorial hay una pregunta retórica que constituye un párrafo por sí solo, y el efecto deseado consiste en condensar en el programa referido todos los atributos negativos enumerados. El programa 6, 7, 8 es el enemigo explícito de este editorial. Poco sentido tendría, entonces, explicar en el mismo texto que este programa critica justamente los mismos atributos de la televisión argentina que se acaban de mencionar, que tematiza y se burla de la consistente tinellización de la TV, que critica la cobertura sesgada de los noticieros y programas políticos, que hurga en los archivos –y esto parece ser el punto que tanto molesta a La Nación y motiva su rechazo a este programa– para ver qué dijo quién en el pasado y si las acciones de ciertos personajes públicos están en concordancia con los objetivos que dicen perseguir. Y allí La Nación es uno de los medios que más sufre. No llama la atención, ya que han apoyado todos los golpes de estado del siglo XX, siempre en una supuesta defensa de la democracia, por más paradójico que parezca. Han sido partícipes necesarios y voluntarios del último genocidio, y de todos los anteriores también –y esto es una figura legal por la que todo individuo puede ser enjuiciado, mientras que los medios poderosos pretenden la total inmunidad bajo el pretexto de la libertad de expresión–.
El editorial acusa al citado programa de denostar a los "que no reciten mansamente el catecismo K". Si entendemos como "catecismo K" la heterogénea expresión social y discursiva donde predominan, entre otras cosas, el respeto a la diversidad sexual y cultural, la voluntad de construir una integración regional y una inserción multilateral en el mundo, la construcción de una economía diversificada con una industria, servicios y el agro pujantes, la reducción de la pobreza, la justicia independiente (y finalmente habilitada para investigar los crímenes de la dictatura), la inversión en infraestructura y sobre todo en educación, la creación de puestos de trabajo en blanco y la generalización de las ayudas sociales y la jubilación, debemos darle nuevamente la razón. Todos los que se oponen a los logros indiscutibles de muchos sectores de la sociedad argentina –para no adjudicarlos al gobierno, que no deja de ser más que la punta visible de una revolución que viene de abajo y de hace mucho tiempo– son "difamados" por este programa ultra C(ristinista).
La argumentación de este artículo establece una base de elementos indiscutidamente criticables y la pone en una relación directa y unívoca con un programa televisivo particular; parece una declaración de guerra. Retóricamente es un procedimiento muy inteligente y en total coherencia con las posturas políticas que ha tomado este diario desde el principio de su existencia. Consiste en buscarse un enemigo concreto, ya sean los gauchos, los indios, los anarquistas, los sindicalistas, los peronistas, los marxistas o los piqueteros, y cargar sobre él la responsabilidad de los problemas de nuestra sociedad. A diferencia de los casos anteriores, esta vez su enemigo es un mediador social que también opera sobre el discurso. Le recomiendo cautela al diario La Nación, ya que ha dejado muchos flancos vulnerables en su larga historia como uno de los enemigos más peligrosos de la democracia argentina.
Un punto en el cual debo expresar mi total disgusto con este editorial es el hecho de que ignora, e incluso niega deliberadamente, los efectos que tendrá la nueva ley de medios audiovisuales sobre el futuro de la televisión argentina. Con la creación de nuevos canales se allana el camino a una mayor diversidad de la TV argentina y se puede comenzar a revertir el proceso de tinellización, que fue, en parte, producto de la mayor concentración en el mercado televisivo. Ya aparecen nuevos canales de cable de altísima calidad, con contenidos para niños algunos, enteramente dedicados a la cultura o el cine nacional otros, y siempre con un predominio de producción propiamente argentina. Es solo una cuestión de tiempo que estos nuevos elementos de calidad repercutan también en la televisión de aire.
El autor del editorial no advierte que todos los argumentos que expuso para denostar justificadamente a la televisión argentina lo deberían llevar a apoyar de una vez por todas a la nueva ley de medios. Como no podemos poner en duda sus capacidades intelectuales podemos sospechar de sufre de una meditada mediocridad ideológica. Se opone a cualquier cambio que resultaría en una comunicación más democrática, ya que lo obligaría a ceder una porción del poder que ha sabido acumular a lo largo de su historia, y no siempre –recordémoslo– con métodos legítimos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario